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Consumo

Todos somos consumidores
Reflexiones sobre la sociología del consumo

Dr. Jiri Sykora
Académico de la UIA León




“La premisa es que a los consumidores, aunque están principalmente preocupados por la variedad, calidad y facilidad de adquisición y (por encima de todo) del precio de los productos, también les preocupan los valores cívicos y sociales para incluirlos como parte de su estimación sobre qué bienes (o qué marca de bienes) se deben comprar. Una importante porción de consumidores prefiere adquirir productos y marcas que se laboran sin utilizar mano de obra infantil, sin condiciones de contratación injustas o sin salarios indignos y sin que peligre la seguridad, el puesto de trabajo o el medio ambiente”.
J. Barber (2001:112)
 
 
Desde 1983, todos los 15 de marzo se conmemora el Día Mundial del Consumidor. Ello en virtud del reconocimiento expreso de los derechos de los consumidores formulado por el ex presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, ante el Congreso de su país en 1962. Una vez más este destacado líder político acertaba en su diagnóstico acuñando su célebre frase "Todos somos consumidores".

Así decía Kennedy en aquella oportunidad: "Ser consumidor, por definición, nos incluye a todos. Somos el grupo económico más grande en el mercado, que afecta y es afectado por casi todas las decisiones económicas públicas y privadas... Pero es el único grupo importante cuyos puntos de vista a menudo no son escuchados" (John F. Kennedy, Special Message to the Congress on Protecting the Consumer Interest, March 15, 1962).

El consumo como objeto de estudio dentro de la sociología ha despertado poco interés, lo que parece poco comprensible si se piensa que el consumo representa uno de los aspectos más emblemáticos de nuestra cultura, incluso es usual al hablar de las sociedades occidentales avanzadas, denominarlas sociedades de consumo. Algunas de las explicaciones de este desinterés, van en la línea de que el sistema económico de las sociedades se haya centrado en la producción; otras señalan que el consumo ha sido considerado más bien como un elemento o factor basado o explicado en o por motivaciones individuales representando un comportamiento social poco relevante. Esta situación va cambiando en los últimos decenios y cobrando cada vez más importancia el estudio del consumo. Podemos empezar con la pregunta: ¿Qué es consumo? y ¿qué significa consumir?

“El consumo es el acto por el que el hombre se hace inmediatamente recep­tor de la utilidad que para él tiene algún bien material” (A. Millán-Puelles: 341). Consumir es ”gastar” la utilidad que algo tiene. Normalmente el gasto que implica el consumo es doble: primero, el que hay que hacer para adquirirlo y segundo, el esfuerzo que conlleva la operación de usar lo adquirido. El consumo es el último acto en la cadena de la actividad económica, puesto que el uso del bien adquirido ya no es económica­mente relevante, salvo que ese uso se difiera, lo cual se llama ahorrar, que es no gastar lo que uno tiene.

El acto que por excelencia define el consumo es comprar, cuanta más im­portancia se dé a esa actividad, más sumido puede uno encontrarse en la “socie­dad de consumo”, en la cual la retórica de la persuasión publicitaria despliega un gran aparato que intenta convertir a todo ciudadano en un comprador, en un ser máximamente necesitante (Bruckner: 10). Comprar es el motor de la economía. Sólo si se ejer­ce la actividad de consumir se puede seguir manteniendo en marcha el sistema económico. Porque hay quien compra coches, éstos llegan a diseñarse y fabricar­se. Si no hubiese compradores, la actividad de la economía de mercado se parali­zaría. La actividad económica está obligada a atender mucho a la demanda y al cuidado del cliente; sin eso, la empresa se viene abajo.

Quien compra se transforma en propietario. El derecho de propiedad surge como una consecuencia natural del modo humano de trabajar y habitar el mundo. El hombre es propietario por naturaleza, y si no lo fuera no podría trabajar y ha­bitar, y en consecuencia no existiría el mundo humano. Sin embargo, la adscrip­ción y uso privados de los instrumentos no puede perjudicar la totalidad y comu­nidad de los usos. Es preciso explicitar la distinción entre dos tipos de bienes comunes: aquellos bienes materiales que forman parte del plexo instrumental del mundo humano (los caminos, el espacio verde de la ciudad, la energía, el aire, el agua, etc.), y los bienes racionales o espirituales (las leyes, la tradición, el saber y la información, etc.). Estos últimos se depositan y expresan en los primeros.

El consumo actual es un elemento primordial en la construcción de las identidades sociales y los estilos de vida. Una sociedad que no reflexiona sobre sus formas de consumo está abocada a perder el control de lo que de positivo y negativo hay en él para la construcción o destrucción de redes y vínculos equitativos de socialidad en (y entre) los grupos humanos. Una sociedad sin consumo es imposible, pero una sociedad centrada sólo en el consumo mercantil corre el peligro de convertirse en simulacro, de degradar y desgastar sus formas de solidaridad hasta convertirse en un simple agregado de egoísmos excluyentes. Es por esto que la reflexión ciudadana, la participación de los actores sociales y la educación –formal e informal– para el consumo, se convierten en un aspecto ineludible para una sociedad que ha hecho de esta actividad su santo y seña vital, y debe conjurar con esta política del consumo, los riesgos (morales, sociales, económicos y hasta medioambientales o para la salud) de que la sociedad esté al servicio del consumo y no el consumo al servicio de la sociedad, como debe ser en el ideal de cualquier comunidad democrática. El consumo puede ser una forma racional de desarrollo de las capacidades humanas generales –como argumenta premio nobel de economía Amartya Sen (1985, 2000)– pero eso exige una nuevo redespliegue de las instituciones democráticas a nivel supranacional (Nussbaum, 2000).

Evidentemente nuestra sociedad de consumo ha cambiado y madurado, el llamado, en la literatura especializada, nuevo consumidor –un consumidor responsable, interesado en la seguridad, la simplicidad, los efectos sobre la salud, la buena relación calidad/precio, la información y el aprendizaje de los códigos ya muy complejos de los mercados de productos (Rochefort, 1996, 1997; Nodé-Langlois y Rizet, 1995)– parece que con su pragmatismo y conocimiento tiende hoy a desplazar a cualquier figura estereotipada de un consumidor absolutamente dominado o absolutamente libre. Pero este nuevo consumidor es imposible de manera individual y aislada, sólo, pensado y construido desde el ámbito de lo global (en el sentido de la construcción de nuestras alternativas de vida en común por encima de los Estados), puede tener una realidad consistente. Así sólo la participación, la educación, la movilización social y el conocimiento de nuestro ámbito real de elección en el mercado pueden racionalizar la esfera del consumo, esfera que dejada a la dinámica puramente egoísta corre el peligro de caer en el caos y al autobloqueo. Construir una globalización razonable supone avanzar en un modelo de consumo mundial que combine la diversidad con la equidad.

Empezamos esta reflexión sobre la sociología del consumo con las palabras de Kennedy que dijo: "Ser consumidor, por definición, nos incluye a todos. Somos el grupo económico más grande en el mercado, que afecta y es afectado por casi todas las decisiones económicas públicas y privadas... Pero es el único grupo importante cuyos puntos de vista a menudo no son escuchados".

Comenzamos entonces con estas afirmaciones tan contundentes un movimiento denominado "movimiento consumista", con alcance mundial, que llega hasta nuestros días, donde el consumidor va ocupando un lugar cada vez más importante en el mercado, como principal motor del mismo... puede haber consumidores sin mercado, pero no puede haber mercado sin consumidores... El correlato necesario de tan importante aserto es el respeto cabal por los derechos de los consumidores. <



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